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La espera, una condena añadida

Oihana Llorente

 

Es difícil imaginar qué siente una persona cuando sabe que le quedan pocos meses de vida. El miedo atrapa sus entrañas y las ganas de vivir se esfuman hasta llegar a un estado de inquietud tal que quedarse a observar las manecillas del reloj se deviene una opción aceptable.

La muerte no es equiparable a la cárcel, pero la ansiedad que genera la espera a la posible entrada sí puede ser comparable. Con esa ansiedad ha vivido, o malvivido, las últimas semanas el joven gasteiztarra Ekaitz Samaniego. Antes a los ojos de todas nosotras, y ahora esquivando la ley para para abrir paso a la justicia.

Un espacio solidario ocupó la pasada semana una iglesia gasteiztarra en apoyo a Samaniego. Cientos de ciudadanos decidieron encerrarse para abrirse así a la ciudadanía y recuperar, como aquel 3 de marzo de 1976, los derechos que nunca debieron ser arrebatados a los ciudadanos vascos.

Samaniego no es el único ciudadano vasco que soporta el peso de una condena pendiente. Los jóvenes independentistas de Oarsoaldea conocerán en breve su devenir en forma de sentencia. Una decisión que se está haciendo de rogar, lo que da pié a la esperanza y al desaliento por partes iguales.

Poco se habla de todas aquellas personas que sufren esta condena añadida que supone la espera. La incertidumbre no es una buena compañía para la vida y, depende a que edad, frena pasos que pueden ser decisivos en la vida de cada uno.

No cabe olvidar a Aurore Martin, que lleva un año escondida para evitar que se le aplique la euroorden y ser entregada a las autoridades españolas como castigo a su actividad política.

El anhelo y la ilusión nos invade cada vez que escuchamos que se está abriendo un nuevo tiempo político. Una nueva era en la que existirá la posibilidad de construir un futuro diferente. 665 presos políticos vascos y cientos de refugiados y deportados esperan, con más ansía si cabe, este cambio. Pero el impasse en el que viven cientos de ciudadanos a la espera de una sentencia muestra la urgencia del momento. Una urgencia que debe transformarse en empeño, trabajo y compromiso y dé continuidad a la movilización del pasado sábado.

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